La violencia patriarcal: un sistema que nos atraviesa a todes

Chevy Solís Acevedo, es Afro feminista, Psicóloga, y especialista en género en Panamá, y trae un análisis sobre el sistema patriarcal.

La violencia patriarcal, lejos de ser un fenómeno aislado o una simple relación entre hombres  agresores y mujeres víctimas, es un entramado sistémico que atraviesa nuestras relaciones  sociales, económicas, políticas y culturales. Este sistema, como lo han señalado autor*s  como bell hooks y Rita Segato, se fundamenta en dinámicas de poder y control que trascienden  el género, afectando e involucrando también a personas de la diversidad sexual, y colocando  a cualquier persona o grupo en posición de ejercer violencia cuando se encuentra en un lugar  de privilegio. 

bell hooks, en su libro El feminismo es para todo el mundo, enfatiza que el patriarcado es un  sistema político-social que asigna roles de dominación y sumisión basados en el género, pero  que también se entreteje con otros ejes de opresión como la raza y la clase. Este análisis invita  a entender que la violencia patriarcal no opera de manera unidireccional. Es un mecanismo de  poder que se basa en las jerarquías sociales y puede ser ejercido por cualquier persona,  independientemente de su identidad. El poder se refiere a la capacidad de influir o controlar  las acciones de otros, mientras que la autoridad es el reconocimiento social o formal que  legitima ese poder. El privilegio, por otro lado, son las ventajas o beneficios que una persona  tiene por su posición en esas jerarquías, muchas veces sin ser consciente de ello. Cuando  alguien ocupa una posición con poder, autoridad o privilegio, puede usar estas herramientas  para ejercer control sobre otras personas. 

Por su parte, Rita Segato sostiene que el patriarcado debe ser comprendido como un sistema  que institucionaliza la violencia, no solo en el ámbito doméstico, sino también en lo social y  político. En su libro Las estructuras elementales de la violencia, Segato explica que esta no es  simplemente un acto individual, sino un mensaje dirigido a sostener el orden de género, raza y  clase impuesto históricamente. De este modo, las prácticas violentas, que según Rita Segato  son parte de un sistema que institucionaliza la violencia, no se limitan al ámbito privado. Por  el contrario, se extienden al espacio público, reproduciendo relaciones de poder que refuerzan  dinámicas supremacistas, clasistas y sexistas. 

De estas violencias no están excluidos los movimientos feministas, sobre todo aquellos que  son diversos, donde la clase y la raza ocupan un lugar dentro de los colectivos. Es decir,  aquellas organizaciones lideradas por personas que se mueven desde un lugar de privilegio  que les otorga la blanquitud, no dudan en ejercer este tipo de violencia contra otras  organizaciones que consideran inferiores, como las que integran mayoritariamente mujeres de  sectores empobrecidos. 

Uno de los aspectos más invisibilizados del patriarcado es cómo, en contextos específicos, las  mujeres y las personas de la diversidad sexual también pueden ejercer violencia cuando  acceden a lugares de poder. Este fenómeno no contradice la estructura patriarcal; al contrario,  la refuerza, pues opera dentro de las mismas lógicas jerárquicas y opresivas del sistema.  Como señala bell hooks, el patriarcado no discrimina al momento de reclutar a quienes  perpetúan sus valores. Es importante recordar que también existen guardianas del  patriarcado, a quienes Rita Segato ha denominado herederas de los inquisidores. Esto significa 

que cualquier persona que internalice y reproduzca las normas patriarcales puede perpetuar  su violencia. Por ello, es necesario cuestionar la narrativa predominante que hasta ahora ha  simplificado la violencia contra las mujeres, presentándola únicamente como un fenómeno  donde los hombres son agresores y las mujeres son víctimas. 

Un ejemplo concreto de esta dinámica es el rol de la clase social en la perpetuación de  violencias. El sistema de la blanquitud, como ideología que jerarquiza a las personas en  función de su raza y clase, forma parte integral del sistema patriarcal. Desde esta posición,  quienes ocupan lugares de privilegio, ya sea por su poder económico, educativo o racial,  pueden ejercer violencia simbólica y material contra quienes perciben como inferiores. Esto  evidencia cómo el patriarcado se entrelaza con otras formas de opresión para mantener el  status quo, que nada cambie. 

Por ello resulta esencial cuestionar las narrativas que presentan a las mujeres exclusivamente  como víctimas y a los hombres como únicos agresores. Este enfoque, como plantea Rita  Segato, no solo simplifica un fenómeno complejo, sino que también perpetúa la idea de que el  patriarcado es un problema de individuos, en lugar de un sistema. Para Rita, la violencia es un  lenguaje del poder, un medio para reforzar jerarquías que no distingue entre géneros, aunque  históricamente las mujeres hayan sido las principales destinatarias de este mensaje. 

En esta misma línea, bell hooks argumenta que el feminismo debe trabajar por desmantelar  las estructuras de dominación en todas sus formas, sin importar quién las ejerza. Esto significa  reconocer que tanto hombres como mujeres pueden ser agentes de opresión, dependiendo de  cómo se posicionan frente a las lógicas patriarcales. 

Superar esta violencia requiere un trabajo colectivo que trascienda la dicotomía de víctimas y  victimarios. Es urgente que se planteen y se desarrollen procesos formativos a lo interno de las  organizaciones feministas que aborden desde la autocrítica la internalización de ese sistema  de dominación que se activa cuando estamos en una situación de poder y privilegio. Por ello  no basta con solo denunciar las violencias visibles, sino también cuestionar las jerarquías  invisibles que las sostienen y de las cuales también nos beneficiamos. 

Finalmente, reconocer que el patriarcado afecta y atraviesa a todas las personas no debe  confundirse con relativizar sus impactos. Las mujeres, especialmente aquellas empobrecidas,  negras, indígenas, lesbianas y mujeres trans, siguen siendo las principales víctimas de las  violencias estructurales. Sin embargo, entender que esta opresión puede replicarse desde  múltiples lugares de poder nos ofrece una perspectiva más amplia y completa para luchar  contra ella. El sistema de la blanquitud y la violencia patriarcal no son sistemas aislados, sino  estructuras que se refuerzan mutuamente, perpetuando desigualdades y exclusiones que  hasta ahora se han mantenido porque se trabaja desde el poder para que nada cambie. 

Hacemos un llamado a la acción: compañeres, desmantelar el patriarcado no significa  únicamente ir a las comunidades con la pretensión de empoderar a las mujeres y a las  personas empobrecidas desprovistas de poder. También implica desafiar las estructuras que  perpetúan la violencia en todas sus formas. Este es un desafío que nos concierne a todes y  que, como proponen bell hooks y Rita Segato, demanda un compromiso radical con la justicia,  el respeto y la igualdad.

Imágen de portada: Lucrecia Kuri