El mundo se encuentra en el umbral de un período crítico, donde la violencia y el caos se normalizan cada vez más y los signos del colapso de las civilizaciones modernas son evidentes. Pero hoy, la violencia no se produce solo a través del rugido de los aviones de guerra o los cañones de los tanques, sino también mediante el adormecimiento de las mentes, el borrado de la memoria y la pacificación de las sociedades.
Una cita atribuida al filósofo alemán Günther Anders describe de forma impactante esta nueva forma de control: “Para aplastar preventivamente cualquier rebelión, no es necesario recurrir a la violencia. Los métodos arcaicos como los de Hitler ahora son obsoletos. Rebaja el nivel de educación, convierte el acceso al conocimiento en un privilegio de élite y distrae a las masas con un entretenimiento interminable y con la intoxicación del consumo. De este modo, la intoxicación de la publicidad y el consumo se convierte en el estándar de la felicidad humana y el modelo de libertad.”
Hoy se despliega la misma imagen: la violencia opera no mediante la prohibición directa, sino mediante el vacío y el olvido. A las sociedades se les dice constantemente “se acabó”, se cortan los lazos con la memoria y las voluntades son obligadas a rendirse. En este punto, las palabras del poeta francés Charles Baudelaire resuenan en nuestras mentes: “El mayor truco del diablo es convencerte de que no existe.”
La decisión del PKK de disolverse en su 12º Congreso ha sido interpretada por muchos como un “final”. Sin embargo, esto no es más que un truco para ocultar la verdad. Aunque una era pueda haberse cerrado, esto no significa que la necesidad de libertad de los pueblos haya terminado. Al contrario, la magnitud del vacío hace inevitable una nueva pregunta: ¿la reconstrucción del PKK?
El concepto de “vacío” ha sido ampliamente discutido junto con la disolución del PKK. Pero la verdad es esta: la historia del PKK siempre ha consistido en llenar un vacío, en afirmar la verdad frente a la inexistencia. Desde su fundación, rechazó la negación impuesta al pueblo kurdo, hizo visible lo invisible, dio voz a los silenciados y amplió el legado que había heredado.
Hoy, el PKK es más que una organización disuelta; es una verdad histórica que abarca medio siglo y una llama eterna de resistencia.
Desde el congreso fundacional en 1978 hasta la decisión de disolución en 2025, cada congreso representó la reconstrucción de esta verdad en diferentes formas. El regreso al país y el inicio de la lucha guerrillera en 1982, la profundización ideológica y la declaración de la ARGK en 1986, el Congreso de Heftanîn de 1990 como congreso guerrillero, la reforma en 1995, el resurgimiento pese a la conspiración internacional de 1999, el “congreso de construcción” de 2005 sobre un nuevo paradigma, la institucionalización de la línea de Nación Democrática en 2013, y finalmente la disolución en 2025, todos respondieron a las profundas crisis de sus tiempos y fueron procesos de reconstrucción.
Por lo tanto, la pregunta que debemos plantearnos hoy es: ¿la disolución es realmente un final, o el renacimiento de una verdad histórica en otra forma? La disolución del PKK se está presentando como un final; pero la realidad es que sigue vivo como esperanza en la conciencia y la memoria del pueblo.
El concepto de “generación” de Ibn Jaldún, desarrollado en la Muqaddimah y referido por académicos sociológicos e históricos, incluido Hamit Bozarslan, es significativo para comprender la dimensión temporal de la transformación social y política. Según él, la vida de una comunidad o dinastía se extiende aproximadamente a lo largo de tres generaciones, de unos cuarenta años cada una, lo que hace que la duración natural del poder político sea de unos 120 años.
En este ciclo, la primera generación representa la fundación, la lucha y la solidaridad; la segunda generación disfruta de los beneficios del poder adquirido; y la tercera generación, desconectada de la memoria de la lucha, tiende hacia la disolución.
Ibn Jaldún ilustra esto con los israelitas: la comunidad judía dirigida por Moisés, que llevaba las huellas de la esclavitud, no pudo entrar directamente en la “tierra prometida” y vagó por el desierto durante cuarenta años. La generación que había experimentado la esclavitud pereció en el desierto, siendo reemplazada por una nueva generación nacida libre. Aquí, “generación” no es simplemente una categoría biológica, sino un portador de memoria social y conciencia política. Para que ocurra una transformación social, al menos una generación debe cambiar.
Aplicando este concepto a Turquía, el proceso de cambio de régimen puede verse como un gobierno que se acerca al final de un ciclo generacional, intentando integrar las dinámicas sociales existentes en su marco. Las divisiones aparentes entre el CHP, el MHP y el AKP son, en realidad, parte de una estrategia para llevar todos los elementos del régimen bajo control. Como señala Ibn Jaldún, las transformaciones sociales maduran a lo largo de un ciclo generacional. En este proceso, la acumulación moral y social desarrollada por el Movimiento de Liberación de Kurdistán durante décadas no puede integrarse en imágenes engañosas de negociación. Aquí, la distinción moral, la resistencia intergeneracional y la memoria social desempeñan un papel decisivo.
Así, los esfuerzos de cambio de régimen no deben verse simplemente como divisiones tácticas superficiales, sino que deben evaluarse junto con estas diferencias generacionales y morales. En última instancia, nos enfrentamos a una Turquía en colapso económico, político y moral, y a un Kurdistán que se levanta con plena conciencia.
¿Qué significa reconstrucción?
La disolución del PKK no es un final; es el renacimiento de una verdad histórica en nuevas formas. Pero este renacimiento no puede ser una mera repetición nostálgica. “Reconstruir el PKK” significa adaptar su legado de medio siglo a las condiciones caóticas del mundo actual y reconstruirlo en un plano político, social y moral más avanzado.
La demanda de libertad y paz no puede ser destruida
La disolución del PKK no elimina la necesidad del pueblo de libertad. Mientras el pueblo kurdo, las mujeres y los oprimidos conserven su voluntad, esta demanda se reorganizará bajo otra organización, forma o nombre. La historia nos enseña que, como las leyes de la naturaleza, la voluntad del pueblo no permite un vacío.
El legado moral llevará al nuevo actor
El mayor legado del PKK no son sus logros militares o políticos, sino el fundamento moral de su resistencia y sus valores revolucionarios. Los logros militares y políticos son a menudo temporales y circunstanciales. La conciencia de deber una vida al pueblo, el legado de los mártires y la línea de libertad de las mujeres: este legado moral constituye la base para la reconstrucción.
La subjetividad estratégica es esencial
Los kurdos ya no deben ser simplemente una moneda de cambio en las mesas de otros; deben construir la suya propia. Esta ecuación, siempre perdida en negociaciones asimétricas, solo cambia cuando los kurdos establecen su propio horizonte estratégico. La reconstrucción requiere subjetividad diplomática, infraestructura económica e institucional y la integridad de una visión social.
La diáspora, las mujeres y los jóvenes son los pioneros de este proceso
En el siglo XXI, la lucha por la paz y la democracia surge no solo a nivel interno, sino también a través de las voces de la diáspora. La línea de libertad creada por las mujeres, el dinamismo de la juventud, la influencia internacional de la diáspora y la experiencia y el conocimiento acumulados: estas tres fuentes son esenciales para la reconstrucción.
El horizonte de la Nación Democrática es el camino a seguir
La transformación paradigmática del PKK en confederalismo democrático ofrece un modelo de solución en medio del caos de Oriente Medio, un modelo no solo para los kurdos, sino para todos los pueblos de la región. Hoy, la reconstrucción significa institucionalizar este horizonte y crear mecanismos para llevarlo de lo local a lo universal.
En conclusión, la disolución del PKK no es el final de una historia, sino el comienzo de una nueva era. En medio de la espiral caótica de violencia global, la aparición de un nuevo actor que responda a la demanda de los pueblos de paz y libertad se ha vuelto inevitable. Sea cual sea su nombre, forma o lo que cualquiera diga, una verdad absoluta e innegable permanece: la reconstrucción del PKK ha comenzado.